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La economía capitalista es una necronomía, una economía contra la vida; pero este mensaje tiene difícil encaje en unas comunidades —también en las cristianas— en las que predominan (predominamos) mujeres y hombres de vida y mentalidad burguesas, a quienes, en general, el capitalismo nos va bien. Afrontamos, por tanto, un problema de conversión, de cambio profundo de nuestros corazones, de metanoia, que, en términos sociológicos, exigirá desclasamiento (abandonar el horizonte de futuro burgués) y, en términos económicos, decrecimiento y justicia global. La prueba de esa conversión está en el seguimiento, en una transformación radical de nuestras prácticas económicas.